Recién llegado de Chile, recuerdo estar sobre una bici, como todas las noches, pero en una tarde, recién pasadas las 12 del mediodía. No iba solo, iba con unas, no extrañas, ganas de descubrir nuevos horizonte dentro de un mismo terreno: mi pueblo.
Recuerdo llegar, de pasada, a la casa del Alfredo, el cual estaba afuera tomando unos verdes, y su padre arreglando no se que cachivache. Me hizo una propuesta, quizá extraña para muchos, pero para nosotros era ya una rutina, en estas vacaciones, salir con estos imprevistos.
Frene la bici, y sin bajar de ella, mi amigo se acercó a mi con una remera negra y con un cigarro a medio fumar en su mano izquierda.
-Loco, ¿Vamos a Mendoza en bici? De paso conseguimos la característica de teléfono de allá para inventar números.
Una cosa así me dijo esa tarde. Yo, como es de esperar en una situación así, quise acudir a la razón para deliberar sobre su propuesta. Pero no fue un caso fortuito para ella, ya que mi mente parecía cansada... Bueno, eso es lo que digo ahora, pero dicho en otras palabras, casi no lo pensé, y le dije:
-Y bueno, dale, que se cague loco, trae la bici. Eso fue, simplemente, aunque sí se me cruzaron por la cabeza algunas cosas antes de mi respuesta, como que nos íbamos a ir así de una, como estábamos vestidos en ese momento, con las bicis como vengan, sin tener cuenta roturas, alimento, luz, agua, comunicación...
Lo que si se es que me ganaron las ganas de cumplir un sueño vigente, propio de nuestra desfachatez y nuestra alevosa sencillez. Así fue como partimos nuestro viaje.
Emprendimos camino por una ruta uniforme y recta, tanto, que el horizonte parecía una pared pintada de amarillo mirada desde el mismo ángulo por largo rato. Sí que pasaban lindos vehículos esa tarde, como Mercedes y BMW.
Había tenido algunos inconvenientes las anteriores veces que salimos a andar en bici, y esta vez no iba a ser la excepción. Justo cuando el hambre y la sed comenzaban a atacar, junto con el cansancio y una situación que tapaba realidades, sentí que mis cámaras comenzaban a reducir su presión pidiéndome el doble de esfuerzo para realizar el mismo recorrido. Sentía que no daba mas cuando miro al costado y mi compañero de viaje se había convertido en el Cecilio, otro amigo de locuras.
El ocaso ya se estaba estirando luego de su siesta y nosotros seguíamos camino siendo que mi bici ya había recuperado su estado normal... Vaya a saber porqué. Aunque no me interesó tal resolución. Tampoco quise mirar a mi acompañante, a ver si se convertía en mi suegra...
Seguimos camino y la noche comenzó a asomar sus duendes crepusculares, esos que la diferencia del resto de las horas y que cada uno los sienten acorde a su personalidad y su estado de ánimo. A mi solo me miraban.
Un camino estrecho, con poca luz y algunos vehículos desolados nos vieron continuar nuestra extraña meta.
En esos momentos de homogeneidad y cansancio, los ojos ya no sienten la sorpresa como en el entusiasmo del comienzo, y comienza a carburar la cabeza con distintos pensamientos, más incluso cuando te atosiga la sed y el cansancio, lo cual no permite la normal irrigación de sangre al cerebro.
Entre uno de aquellos tantos laberintos de mi mente, miraba, por rutina, el asfalto ennegrecido, cuando veía formarse, casi en el medio del plano visible de la ruta, algo. Nunca pensé en ningún momento que era una persona, más bien, su cadencia al avanzar, casi jugando a la danza de la perfección; esa serenidad de vagabundo pero con rumbo fijo, me dio a entender que se trataba de algo superior... Transparente, del diáfano color de la nada: blanco... pero con capa celeste, avanzaba en contra mio, justo en el centro de la carretera. En ese instante, mis delirios comenzaron a jugar con mis temores, trayéndome, por ejemplo, algunas películas
e imágenes famosas de autos desaparecidos, o algún que otro programa Chileno de contactos del tercer tipo...
El miedo me ungió con un baño extraño lleno de coraje, con desentendimiento, pero de comprensibilidad.
En aquel instente comprendí que todos los vehículos que se acercaban en contra Mio, se convertían en esos extraños seres. Al instante me dí cuenta que eran VIRGENES!!: adoptaban la forma de la Virgen María que usa la Iglesia Católica.
Haciendo caso omiso a los extraños suceso seguimos avanzando en la bici, quizá con las últimas gotas de adrenalina, cuando una mujer para su auto frente a nosotros y nos pregunta con cierta cara de preocupación:
-Disculpen, ¿ustedes también vieron las Vírgenes?
Entre medio de la pregunta y mi respuesta pasaron varios análisis por mi cabeza. Por ejemplo me dí cuenta que no era un delirio nuestro, lo cual me tranquilizó un poco. O quizá fue porque sentí que no estábamos tan solos... No se, creo yo que esta tranquilidad es motivo de un sentimiento particular del ser humano en determinadas situaciones de desconcierto. Creo que una especie de desinhibición en el sentido del "que dirán" es producto de esto. Quizá haya sido producto de lo precedente que le respondí a la señora sin tener en cuenta el sentido de evaluación de ella para con mi pregunta:
-Si, también lo vimos. Y dígame... usted, es católica?
y me dijo:
-Sí, lo soy.
Hasta ahora no se porqué le hice esa pregunta.
En suceso éste no fue el único: Las luces de los autos se tornaron intensamente azules, dejando una estela del mismo color, suceso que me llamó muchísimo la atención, pues ya se trataba de un fenómeno físico, y, no ya metafísico, como las vírgenes. Pues aquí es donde empecé a sospechar de una conspiración contra nosotros.
Comencé a sentir pesadez, y una extraña bomba de cordura...
Fue allí donde le dije a mi amigo:
-¿Donde vamos a dormir? Faltan muchas horas, y tengo hambre y sueño, encima sólo vemos con las putas luces azules de los autos que pasan... ¿mira si se llega a cruzar una ballena azul?... o si nos pasa algo... ¿A quien acudimos? Estamos solos en medio de la nada loco! Vos sabes que soy bien Rionegrino, que me la banco y tomo mate amargo no porque me gusta, si no porque no me gusta, lo cual me hace mas macho; pero tampoco seamos boludos viste.
Una antigua moraleja de mis introspecciones se vino a mi cabeza en ese instante: que el soñador voluntarioso abre los ojos de alarma solamente ante la necesidad, lo cual conlleva una realidad, como una pared contra nosotros llena de ladrillos, ya no de nubes.
No importa como volvimos, pero recuerdo que nuevamente estábamos frente a la casa del Alfredo, ya sin las bicis; y allí a lo lejos, sobre unas bardas, se vio una terrible humareda donde se alcanzaba a distinguir un vehículo, vaya a saber de que marca, perseguido por un helicóptero de los Carabineros de Chile y un par de tanques de guerra. Fue algo un poco fuera de lugar entre los matecitos de despedida, pero valió la pena contarlo ya que no todos los días suceden esas cosas en Catriel. Lo que si me imaginé, fue que ese vehículo algo tendría que ver con los fenómenos en la ruta... no se si algún día lo sabré, lo que sí se es que en ese momento llegaron varias traffics negras a la propia casa del Alfredo y se comenzaron a bajar muchas personas trajeadas y de gran presencia. Ante tal desconcierto nos quedamos perplejos y sin comprender mucho la situación atiné a disfrutar la reunión aunque nunca se me ocurrió deliberar sobre si estaba o no invitado a dicha reunión, lo que permitió unirme sin cargos de conciencia a los grupos de charlas que se formaron, aunque esto aumentó aún más mi desconcierto, pues supuestamente una situación así lleva a intuir sobre un fin determinado ante tal formal despliegue, pero cada grupo parecía distenderse en su tema en particular producto del azar, de la común cotidianeidad de la vida de alguien normal con típicas inquietudes sobre el clima, el chusmerío, el trabajo, los hijos, etc etc.
En fin, optamos por hacer la nuestra. Nos sentamos con el Alfredo en el cordón de la vereda al lado de estos extraños personajes hijos de la nada, de un simple instante del desconcierto. De repente comencé a darme cuenta de que observaba mas a una persona en particular, claro, era porque me resultaba conocida... en ese instante pensé "aquel se parece mucho a
Víctor Heredia", y como no sentía el momento muy amigado con la duda me decidí a averiguarlo.
Claro, no quise ser irrespetuoso, por lo que giré la cabeza para que no me escuchara nadie más que mi amigo y le pregunté "Che, quien es ese?", y antes de responderme lo hace un señor del otro costado, y con un poco de vergüenza lo escucho decirme "es Dot Heredia"... ahí me di cuenta que de algún lado me sonaba ese nombre, aunque nunca se me ocurrió que también cantara, como Víctor. Como si me adivinase la mente se acercó ese personaje hacia mí y comenzó a cantarme una canción que rápidamente distinguí como la tradicional Penélope, aunque era la voz de Sergio Denis. Me pareció una situación predecible para que aparezca mi mamá a hacerle coro... y así fue... así que dije sin siquiera asegurarme que realmente estaba cantando o si estaba diciéndome algo como por ejemplo que el mundo se estaba acabando: "pero dejame escuchar", casi gritando. No se si se habrá enojado o se lo tomó bien, pero me dejó escuchar con atención.
Luego de terminar la canción que extrañamente la hizo completa e incluso cantó hasta los silencios de fusas y semifusas, se sentó a mi lado placidamente, miró hacia el horizonte una considerable cantidad de segundos, sin mover la vista, luego me mira pareciéndose el vaivén de su cabeza a una bola pegada a un círculo perfecto moviéndose a velocidad angular constante sin rozamiento. Me mira y me dice: - Ves eso que tenés atrás tuyo?
- Si. Respondí.
- Bueno -me dice- entregasela a tu hermano de parte mía.
En ese instante comprendí que mi hermano tenía amigos famosos.
En fin, así son las tardes de mi pueblo.