Incesantemente camino, camino sin cesar. El arriba y el abajo se perfilan como la única esperanza de mi espera. Sólo poca dinámica en mi camino. He vuelto, en Buenos Aires, una mañana a recordarlo, como antes lo he vivido. En una de esas mañanas cuando el sol aparece sigiloso nombrando un nuevo día y el volver de las horas, tuve en mi mente una imagen. Una tarde, y también, más que una imagen, algo que me llevo a que así suceda: esa rara melaza de las mañana con sabor a esperanza, a cercanía y fraternidad con uno mismo, a frescura, a renovación del alma. La imagen, como pocas veces, de un recuerdo inexistente, de esos que se crean, pero a propósito, sabiendo que no fue así. Sabiendo que uno tiende a eliminar el sufrimiento de los recuerdos para que se renueven con el sabor de la virtud. Recuerdo -y entre el galpón que cobijó una vida de supervivencia, sin telarañas que me exijan añorar simplemente el observarlas- las dunas desérticas de un Sahara que me lleva por caminos inherentemente diferentes, arrutinarios, de aventura, como mi corazón prima; puedo retraer no se porqué, un recuerdo con sentimiento de añoranza. Quizás sea por mi loca mente que saca de lo malo, el motivo sarcástico, el motivo feliz de haber sobrevivido a ello, el motivo implícito que permite sentirnos valorados, aunque por nosotros mismos, por haber sido partícipe de algo y haber tenido el valor, la voluntad, y la simple suerte de haber podido superarlo. Motivo de risa, de que ya pasó.
Siempre ese pensamiento viene, no sospechosamente, en momentos que permiten abstraernos del tedio cotidiano.
Era, simplemente, un colectivo. 181 o 343.. no recuerdo. Pero sí, Saliendo de Ramos Mejía, un lugar, de esos tantos, un grano de arena en el desierto bonaerense, yo, como siempre participe de un cuento de la esperanza de un sueño. Yendo a la universidad... en fin... perdido, pero sintiéndome seguro porque iba por el camino de siempre. Pero esa seguridad, al cruzar por encima de una autopista, permitió que sienta diferente esa mañana, al mirar al horizonte ahumado, anaranjado por el sol que pujaba por asomar detrás del humo; permitió que sienta aquel buenos aires como lo sentía las mañanas cuando iba al CBC, el levantarme temprano, el sentirme que estaba entre todo lo que soñé de chico, pero como perdido en la Jungla, sentía al fin y al cabo que estaba cerca de todos mis sueños, de una simple cotideaneidad que me permitía desinhibir mis condiciones, probarme, probar mi voluntad, mis sueños. Esas viejas mañanas donde me iba a encontrar con compañeros nuevos de similares situaciones, con ese antiguo sueño del amor, y más que nada, con el afán de analizar cada pupila, y probar mi ingeniería social, probarme como persona, cual era mi capacidad... ello formaba a mis mañanas con esperanzas, con sueños, con ganas de vivir. Cosa que cada día se fue amedrentando en sentirla muy a pecho y al sentir en mis pies el dolor de mis pasos.
Esa mañana fue diferente, lástima que sólo duró un instante, hasta que luego mire para abajo, tenía que pisar la tierra. Me tocó bajar, ir a la facultad... y empezar de nuevo.
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