Una extraña sensación de amanecer quiso el paisaje del alma y una superflua mirada ajena desvirtúa la leyenda. Dos verdes sombreros y adoquines de horizonte miro en su introspección. Eran dos hermanos que lo ignoraban. Él era el encargado de darle vida al pueblo en materia de cultura, pues el misterio es motivo de renombre de muchos sitios que no tienen donde caerse muerto, o a lo sumo deberían pedir permiso en la capital de su departamento para hacerlo.
En fin, cuando abría los ojos veía el humo de su cigarro; detrás, de marco, la cara transversal de un hueco tronco, luego, en primavera, la copa de un árbol de colores vivos; y por fin detrás, su pueblo.
Muchos dicen por ahí que sus ojos son de pupilas enteras y que a sus medias las teje la señora más vieja del pueblo. Otros dicen que sus ojos son preciosas gemas capaces de cautivar a la niña más rebelde que se le cruce, y encima que a sus medias las terminan tejiendo ellas.
En sus momentos libres suele jugar con los niños a la pelota, pero piensa que son amigos del momento, porque ellos no le han visto su contento y piensan que los echa al írsele lejos la pelota cuando él la patea; y lo siente en sus miradas. No es ahí donde trabaja, es que necesita tener amigos. Es por eso, y me lo dijo con una mirada certera al corazón, que me vino a pedir ayuda a mí porque sabe que siempre estuve en la misma situación.
Yo no supe que decirle, me quedé callado al contemplarle tan efímera su existencia. Porque sus orejas parecían vetustos sauces llorones, y su nariz, una madura y ya seca bellota. Su cara, llena de amaneceres y de ondulantes mares de arena. Sí, sus lagrimas habían caído ya muchas veces durante mi pestañar sereno.
Mi corazón, por fin me dijo alguna vez dónde estaba guardada mi sensibilidad desde el día en que lo blindaron.
Su aroma llenaba el lugar de un otoño maduro, de frescos mogotes y de algún que otro pino lloroso de savia entre cipreses y raudas lloviznas de aquellas tardes donde las lechuzas se juntan a jugar a la canasta.
Tuve que decirle algo y reaccioné para pensar eso, pero no supe qué algo decirle.
Me abrazó y me largué a llorar con él. En ese instante comprendí muchas de las cosas que siempre quise evitar escuchar (cuando las escuchaba hacía oídos sordos para no sufrir, porque me pegaban en el fondo del alma).
Me sentí un estúpido, como si me estuvieran acribillando contra un paredón pero con lanzas de razón. Entendí el porqué de mi ignorancia, y a la vez supe que gracias a ella me pude dar cuenta de lo que yo era, y con esto, conseguir que los que también lo sean se den cuenta de que pueden dejar de serlo en el momento adecuado, o por lo menos circundante a el, o mejor dicho, no desadecuado. De ahí en adelante les toca a ellos.
Ahora, si me pregunto quien no seria ignorante en este aspecto puedo estar una noche entera pensándolo si tengo que dejar de lado a los que lo han vivido en carne propia.
Lloramos desconsoladamente. Nadie, ni yo supe muy bien porqué... pero sí necesitaba hacerlo. En ese instante comprendí que se comparte en el abrazo la desazón para que no le cargue a uno solo tanto peso, aunque no se si esta vez así sucedió porque yo tenia algo de su misma pena en el fondo de mi pesar, y él lo sabía.
Una calma y un cierto silencio acongojó el momento que duro tan solo unos instantes... Su mano temblorosa en mi hombro acompañó el vaivén de su cuerpo para mirarme nuevamente. Sin recibir palabra alguna me di cuenta que su semblante no era el mismo. Pareciese que la pesadumbre de su alma se le filtro por los ojos. Acomodo una sonrisa en su mirada y dando un salto se sentó junto a mi. Sonreía y hamacaba sus pieces con largas medias rojas, su sonrisa iba creciendo proporcional a mi desconcierto. Cuando sus pómulos se le estiraron rompiendo en su cara añosos quebrachos, comprendí, en ese instante, a su legítima alegría.
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