domingo, 27 de mayo de 2018

Ha pasado el tiempo, si, más de algunos miles de días desde que dejé aquella tinta endurecerse como roca. Bien sabemos que la roca con el calor se convierte en lava, una tinta demasiado caliente como para no solo esgrimirse sobre sobre la superficie, si no, calarla más allá de las venas y para mezclarse con la sangre. Además, de tantas experiencias que me dió la vida, me choqué con el amor, sentimiento que me generaba más misterio y pulsionaba más en mí que la propia muerte. Sobre la muerte puedo decir que ya no es algo que condicione mi existencia diaria. Solo ayuda en mí a reprimir ciertas conductas, como cualquier cosa que opere en el inconsciente. Sobre el amor, debo admitir que así como lo he deseado tanto, es demasiado dañino para la vida si no se sabe controlar. Aprendí, a fuerza de voluntad (hasta naturalizarlo), que me debo desenamorar de un segundo a otro con comportamientos que mi experiencia me enseñó a que son intolerantes para mi abigarrada mente. En fin, lo más importante que hé aprendido en todos estos años en que dejé de exponer pensamientos sobre un papel para que lo lea la nada, es que los años no vuelven; que el dinero debe ser irrenunciablemente solo una ayuda para un fin; que los sueños son ireemplazables (pero mutables); que la felicidad es su propio camino (mas no su meta), y que no hay peor arrepentimento del no haberlo intentado. Parafraseando a no se quien: si me preguntan qué quiero ser ahora que llegé a realizar un sueño, les diré que quisiera ser aquel que era cuando soñaba cumplir este sueño. Aclaro que lo anterior es una ironía porque no cumplí ningún sueño, pero si me hubiese pasado, hubiese dicho exactamente lo mismo.

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